Basado en Babinski y Libsack, Journal of Attention Disorders, 2025 | 8 min de lectura
Recibir un diagnóstico de TDAH a los 30, 40 o 50 años no es lo mismo que recibirlo de niña. Detrás de ese papel hay décadas de incomprensión, de esfuerzo desmedido para parecer "normal", de diagnósticos equivocados y de una pregunta que muchas mujeres se hacen en voz alta cuando finalmente tienen respuesta: ¿por qué nadie lo vio antes? Un estudio cualitativo publicado en 2025 se propuso escuchar directamente a estas mujeres, y lo que encontró merece ser contado.
El estudio: grupos focales, voces reales
Babinski y Libsack, investigadoras de la Penn State College of Medicine, convocaron a 14 mujeres diagnosticadas con TDAH en la adultez media (entre los 29 y 55 años) para participar en dos grupos focales virtuales. La edad media del grupo era de 39 años; la mayoría tenía estudios universitarios, y casi el 86% tenía al menos un trastorno mental comórbido, principalmente ansiedad (79%) y trastornos del estado de ánimo (64%). La edad media de diagnóstico fue los 32 años.
Las investigadoras utilizaron un enfoque de análisis fenomenológico interpretativo: no buscaban estadísticas, sino comprender la experiencia vivida. Las participantes respondieron preguntas abiertas, discutieron en grupo y votaron sobre tres afirmaciones clave. Sus palabras, no los números, son el dato principal de este estudio.
"El diagnóstico cambió mi vida para mejor"
El 64% de las participantes respondió afirmativamente a esta frase. Y las razones que dieron son reveladoras.
Antes del diagnóstico, muchas habían internalizado años de críticas. Se les decía que eran perezosas, que no se esforzaban lo suficiente, que tenían mala actitud. Sin saber que tenían TDAH, habían construido una imagen de sí mismas en negativo: diferentes, incapaces, no suficientes. El diagnóstico no solo les dio un nombre para lo que les pasaba, les devolvió algo que no sabían que habían perdido: la posibilidad de comprenderse sin juzgarse.
Junto con la validación llegó el acceso al tratamiento. Para muchas, recibir medicación estimulante después de años probando antidepresivos, ansiolíticos e incluso antipsicóticos fue descrito como transformador. Una de las participantes lo resumió de forma que difícilmente podría mejorarse: llevar 16 antidepresivos distintos sin resultado, y descubrir que lo único que necesitaba era tratar el TDAH, no la depresión que ese TDAH sin tratar había generado.
El diagnóstico también abrió puertas sociales. Muchas mujeres encontraron comunidad, tanto entre personas con TDAH en su entorno cercano como en redes sociales, especialmente TikTok. Las participantes describieron estos espacios como fuentes de validación, estrategias prácticas y sentido de pertenencia que ninguna consulta médica les había dado.
"El diagnóstico también ha complicado mi vida"
Solo el 7% respondió afirmativamente a esta afirmación, pero el 50% no estaba segura. Y las dificultades que describieron son reales y sistémicas.
El acceso a la atención especializada fue el obstáculo más mencionado. Muchas relataron haber llamado a decenas de consultas solo para que les dijeran que no atendían TDAH en adultos. Otras pagaron de su bolsillo consultas de casi 200 dólares por visita porque su seguro no cubría la atención psiquiátrica que necesitaban. Algunas tuvieron que conducir dos horas y media para ver a la única profesional en quien confiaban.
A esto se suma la carga práctica del propio trastorno: gestionar citas de seguimiento, renovar recetas a tiempo, coordinar múltiples proveedores... tareas que resultan especialmente difíciles precisamente para alguien con TDAH. Una participante lo dijo entre risas, pero con toda la ironía del mundo: su psiquiatra le preguntó por qué había esperado un mes para notificarle que no podía dispensarse su receta. "Porque tengo TDAH y se me olvidó."
El estigma también fue tema recurrente. Algunas mujeres relataron que al compartir su diagnóstico con amistades recibieron respuestas como "todo el mundo tiene un poco de TDAH", comparables, según una participante, a decirle a alguien con diabetes que "todo el mundo es un poco diabético cuando come azúcar". Varias reconocieron dudar de buscar ayuda para sus hijos por miedo a que vivieran lo mismo.
Por último, muchas mujeres hablaron de la automedicación: alcohol, cannabis, cocaína. No como vicios, sino como intentos desesperados de regular un cerebro que nadie había entendido. Y denunciaron que el sistema, en lugar de ver en ese patrón una señal de TDAH no tratado, lo usó como argumento para no darles acceso a medicación.
"Fue difícil obtener el diagnóstico"
Aquí los datos son matizados: el 50% dijo que no fue difícil obtenerlo, el 36% que sí, y el 14% no estaba segura. Pero hay un hallazgo que atraviesa a casi todas: ninguna reconoció sus propios síntomas como TDAH.
Habían crecido creyendo que el TDAH era cosa de niños inquietos, blancos y varones. Nadie les había explicado que el TDAH en mujeres se manifiesta de otra manera: más inatención que hiperactividad, más ruido interno que externo, más perfeccionismo compensatorio que desorden visible. Muchas no llegaron al diagnóstico buscándolo, sino porque un terapeuta, un neurólogo o una profesional que también tenía TDAH lo vio en ellas antes de que ellas mismas pudieran verlo.
El enmascaramiento fue otro tema central. Varias habían sido alumnas brillantes, incluso superdotadas. La estructura externa que les proporcionaban sus familias, sus actividades extracurriculares o su propio perfeccionismo compensaba los déficits de forma suficiente como para que nadie —ni ellas mismas— sospechara nada. El coste de ese esfuerzo invisible solo se hizo evidente en retrospectiva.
Los procesos de diagnóstico fueron extraordinariamente variables: desde una entrevista de media hora hasta una batería de cuatro horas con una factura de 800 dólares que nadie le había avisado que tendría que pagar. Algunas recibieron el diagnóstico tras una sola conversación con su médico de cabecera; otras fueron derivadas de especialista en especialista durante años, pasando por diagnósticos de depresión mayor, trastorno bipolar, trastorno límite de personalidad o TEPT, antes de que alguien considerara el TDAH.
Lo que este estudio pide al sistema
Las autoras no se limitan a describir lo que escucharon. Formulan recomendaciones concretas para mejorar la atención a mujeres con TDAH:
Aumentar la conciencia sobre cómo se presenta el TDAH en mujeres, tanto entre profesionales como en la población general, para que el trastorno deje de asociarse exclusivamente con niños hiperactivos. Incorporar el cribado de TDAH como práctica rutinaria en atención primaria y salud mental, igual que se hace con la depresión o la ansiedad. Implementar enfoques escalonados de diagnóstico: evaluaciones breves para casos sin complejidad añadida, y derivación a evaluación especializada solo cuando sea necesario. Tratar el TDAH junto con sus comorbilidades, no en lugar de ellas, y reconocer que en muchos casos el TDAH es la condición primaria de la que derivan la ansiedad y la depresión. Ampliar el acceso a terapia cognitivo-conductual adaptada al TDAH, especialmente a través de formatos como la telepsicología. Y adoptar un enfoque de neurodiversidad que valore las fortalezas, no solo los déficits.
Una investigación pequeña con implicaciones grandes
Este estudio tiene limitaciones claras: 14 participantes, todas en Estados Unidos, mayoritariamente blancas y con estudios universitarios. No puede generalizarse sin cautela. Pero su valor no está en el tamaño de la muestra, sino en la profundidad de lo que captura: la textura de una experiencia que los estudios cuantitativos no pueden medir.
Lo que estas mujeres describieron —el alivio de entenderse al fin, la rabia de haber llegado tarde, el agotamiento de pelear contra un sistema que no las veía— no es anecdótico. Es una señal de lo que el sistema necesita cambiar.
Este artículo está basado en: Babinski, D. E., & Libsack, E. J. (2025). Adult Diagnosis of ADHD in Women: A Mixed Methods Investigation. Journal of Attention Disorders, 29(3), 207–219. https://doi.org/10.1177/10870547241297897. La información contenida es de carácter divulgativo y no reemplaza la orientación de un profesional de salud.